Capítulo 3º

No sé qué debieron sentir las personas que tuvieron que tomar la decisión de dejar abandonados a los saharauis a su suerte, pero sé lo que sentí  yo cuando tuve que dejar al que había sido mi hermano.

 Durante tres meses vivió siendo uno más de la familia y después nosotros lo llevamos a Mérida para que volviera al desierto, a enfrentarse con todo lo que para mí era desconocido, a lo que parecía ser una vida hostil, escasa y desesperante.

En la página web del programa de Vacaciones en Paz de Extremadura dice:

 “Acoger es amar, querer, proteger, compartir, sentir, cuidar, disfrutar y sobre todo crear un vínculo con el pequeño (o la pequeña) y con su familia. En definitiva ACOGER ES VIVIR UNA EXPERIENCIA MAGICA y este vínculo será sin duda algo mágico para toda la vida.”

Salek llegó a casa de mis padres cuando tenía unos 7 u 8 años. No sabíamos su edad.  El médico nos dijo que los saharauis no celebran los cumpleaños, por eso la edad era aproximada.

historia

 Llegó con una camiseta “blanca” muy sucia y un bañador, que le podría valer a mi padre, atado con una cuerda a modo de cinturón. Su piel era oscura, sus dientes y sus ojos muy blancos. Estaba asustado y las personas que componíamos la familia (incluyendo las amistades) expectantes…

Mi madre le llevó al cuarto de baño, le quitó la ropa y él se aferró a su camiseta; mi madre no sabía qué hacer porque la camiseta estaba vieja, raída…y muy sucia, pero para él parecía tan importante conservarla que no tuvo más remedio que dejársela. Salek no la perdió de vista durante el baño y cuando terminó de bañarse y vestirse con ropa limpia la escondió. Le llevamos a la cocina para darle de comer. Su primera cena fue un yogur, nunca lo olvidaré. Contó los que éramos en la casa y empezó a hacer líneas imaginarias sobre el yogur, entonces comió una cucharada y media y me lo pasó para que yo comiera, le dije con gestos que yo tenía otro esperando, me miró extrañado y pasó el yogurth a mi primo, entonces él le dijo lo mismo que yo… y la misma operación con todas las personas que estábamos allí… Para convencerle de que aquel yogurth era sólo para él le llevé a la nevera y le enseñé que había yogures para todos, uno para cada uno de los que quisieran comérselo, sus ojos se abrieron enormes, sorprendidos…Comió otras dos cucharadas y lo guardó con mucho cuidado en la nevera, porque le dolía la tripa de comer, nos explicaba mediante gestos.

Al día siguiente todos seguíamos comunicándonos con él por gestos, menos mi madre que se pasaba el día “hablando” con él pintando dibujos. Mi madre dibujó una señora con pelo largo y le preguntó cómo se llamaba: “Baica”, después dibujó a un señor: “Abdala”, dijo él. Ahora vino la parte complicada… de ellos dos sacó una línea y le pintó a él, un niño y puso su nombre: “Salek”, mi madre con gestos le aclaraba que éste era él, él asintió, sacó otra línea y pintó una cara redonda y le preguntaba si tenía coletas para distinguir si eran niñas o niños. Descubrimos así que tenía otras dos hermanas: “Layla”, la mayor, después venía él, “Nana” la otra niña y un niño pequeño “Dada”. Mi madre estaba orgullosa de cómo conseguía comunicarse con él, mediante dibujos, traspasando así las barreras del idioma.

Recuerdo la primera vez que se manchó, estaba comiendo y le cayó algo en la camiseta, entonces empezó a llorar y yo le pregunté: “¿pero qué te pasa?”; a lo que Salek me explicó que “Luli” (que era Loli, mi madre) le iba a pegar porque se había manchado…entonces me eché a reír y le dije que no, que en España si te manchabas, la ropa iba a la lavadora. Él no sabía qué era…así es que le llevé delante y la puse en marcha para que viera cómo funcionaba…nunca había visto a nadie que pudiera adorar la lavadora de aquella manera, pasaba horas mirando como la ropa daba vueltas allí dentro, había días que se sentaba delante, como si fuese la televisión, le fascinaba que saliera la ropa limpia, que la tendiéramos y ya está…

Hay miles de anécdotas de este tipo, como cuando fuimos a la parcela de mi tía, y mis primas pequeñas tiraban el pan, y él con mucho mimo, las riñó. Empezó  a recoger las migas en una servilleta, entonces nos contó (aquí ya empezaba a hablar español) que él se las iba a llevar porque con leche y las migas de pan sus hermanas podían comer muchos días…mientras nuestra familia tiraba el pan o lo desperdiciaba, un poco más abajo había otras niñas iguales que mis primas que podían alimentarse con lo que desperdiciábamos…

Cuando pasaron tres o cuatro días desde su llegada, Salek sacó su camiseta sucia y nos mostró que tenía un doble fondo, habían cosido estratégicamente un bolsillo en el que traía una carta, pulseras y anillos… eran los regalos para su nueva familia.

Le encantaba jugar al fútbol, nos dejó con la boca abierta, porque no sabía nada del mundo pero sí quién era Ronaldo. Era del Barça, porque Ronaldo jugaba allí…mi tío le regaló un traje del  Barça y fue el que se puso cuando volvió al Sáhara, orgulloso como si el mismo  Barça le hubiera fichado. Bajaba a la calle a jugar, se quitaba las zapatillas, las dejaba bajo los setos a la sombra y se ponía a jugar descalzo en el asfalto. Cuando vinieron los niños y las niñas del barrio a “chivarse” de que estaba jugando descalzo y que se iba a hacer daño, bajé… le eché la bronca y le dije muy seria: “¿Para qué te compramos zapatillas si no las usas? Te vas a quemar, te puedes cortar, ponte las zapatillas inmediatamente…” Cómo olvidar su cara… me contestó: “No me quemo y si me corto, se cura, pero si se rompen las zapatillas por jugar al fútbol… yo no quiero que se rompan mis zapatillas”. No me lo podía creer, así es que le dije que si se le rompían le compraríamos otras… y él tampoco se lo podía creer…

Otra anécdota graciosa fue cuando le pillamos subido en la taza del water de pie, por casualidad, estaba haciendo pís con un pie apoyado a cada lateral, entonces nos dimos cuenta de que nadie le había explicado cómo usar el inodoro, en el Sáhara las cosas son diferentes,  no podíamos dar nada por hecho.

Salek nos enseñó la suerte que tenemos de tenerlo todo, de poder comer, de poder lavar la ropa, de tener agua, de tener luz…y sin embargo, jamás he visto una sonrisa como la de estos niños y estas niñas…

Algunas personas creen que es cruel traerlos de la nada para darles todo y volver a quitárselo.

Para mí es más cruel dejarlos abandonados en el desierto y no aportarles nada, ni siquiera una esperanza, o la ilusión de ser personas que están siendo tenidas en cuenta. Creo que no hay nada más cruel, ni peor desprecio que el desconsiderar que existen y que después de más de cuarenta años siguen a la espera…

Estos niños y estas niñas son diferentes… aman a su familia, sus raíces… y con nuestro dinero no les podemos comprar pero, sí les podemos ayudar, curarles, darles comida; y lo más importante apoyo y esperanza…

A veces entraba en la habitación y descubría a Salek llorando, entonces le decía: “Pero… ¿qué te pasa?”. Y él me explicaba que echaba de menos el Sáhara, a sus hermanas, a sus padres… Yo le abrazaba y le recordaba que antes de que se diera cuenta estaría de nuevo con ellos y cuando eso sucediese seríamos nosotros los que lloraríamos porque le echaríamos de menos a él… entonces siempre se reía, como si eso fuese algo imposible.

La noche antes de volver le llenamos unas bolsas gigantes con ropa, su dirección y sus datos, con regalos para toda la familia. Salek preparó con mucho cuidado las cosas que eran más importante para él porque las llevaría encima: preparó una mochila con una lata gigante de atún (“hippi y achú” era su comida favorita, pan con atún) que le regaló mi vecina y le  hizo tanta ilusión… la medalla que había ganado en la competición de natación, dinero que escondimos en su calzado, porque mi madre no se fiaba de los saharauis de la frontera y él no se fiaba de los españoles del avión…

Cuando estábamos guardando los regalos para su familia sucedió que… Mi madre había comprado un coche de regalo, entonces Salek le preguntó a mi madre que para quién era, mi madre le dijo que para su hermano pequeño y entonces él puso cara de circunstancia, ”¿qué hermano pequeño?”… mi madre sacó el dibujo que hizo, cuando llegó, y le dijo para tu hermano pequeño “Dada”, entonces él respondió: “Ella juega con todo, pero es una niña”. La cara de mi madre era un poema, su infalible sistema de comunicación del que tanto presumía se había ido al garete, y le dijo: “Pero yo te pregunté si tenía coletas” y el pobre, como si hubiera hecho algo mal, le dijo: “Es que es pequeña, no tiene coletas porque no le ha crecido el pelo, pero sigue siendo una niña”. Nos partíamos de risa, si hubiéramos tenido la idea más clara “Dada” no hubiera jugado nunca  con aquel coche… Salek guardó el coche como si fuese el mejor regalo para su hermana pequeña… sin importar si era niño, niña… sólo era un regalo para alguien importante y él tenía la ilusión de llevar algo para todo el mundo.