Ese sentimiento de dolor anímico producido por un suceso desfavorable que suele manifestarse con un estado de ánimo pesimista, la insatisfacción y la tendencia al llanto es lo que conocemos como tristeza. Este término es uno de los más referenciados, básicos y supuestamente dolorosos para el ser humano.

En este artículo se analizarán sus condicionantes y particularidades en los diferentes tipos de personas.

Para comenzar, se debe entender que tanto el grado, como la emoción completa, es sentida intrínsecamente del mismo modo por todos nosotros, pero, entonces…¿Por qué se reacciona de distinta forma, produciendo en algunos casos depresión (tristeza crónica) y en otros, supone aprendizajes para la vida? La respuesta reside en la idea que marcan las palabras “suceso desfavorable”.  Este suceso es el detonante, que hace desarrollar esa emoción con su conocido sentimiento asociado.

Las diferentes personas, sus entornos, su educación, sus aprendizajes morales y vitales nacidos de sus “educadores” hacen que para cada persona ese suceso no sea visto de igual modo o con igual gravedad para detonar una tristeza que pudiera tornarse crónica; sino visto como suceso desfavorable, sí, pero necesario como aprendizaje vital, como integración en nuestro razonamiento cognitivo, como una práctica más para aprender la gestión de nuestras emociones (representación externa de la emoción) , ayudando así a la formación personal del individuo.

Como conclusión, y partiendo de la base de nuestra principal pregunta de si es necesaria la tristeza, o sería mejor pasar la vida sin ella;  la respuesta es enseñar a gestionar la tristeza, es enseñar a vivirla como aprendizaje y entenderla como oposición a lo que todos queremos llegar y sentir en todo momento, la felicidad.

Pero, ¿es que acaso sentiríamos esa felicidad sin la referencia de la tristeza? Sería desde todo punto imposible.