CARTAS AL DIRECTOR. OPINIÓN

” La iglesia de Bohonal de Ibor es la casa de un caudillo”

por María Isabel Martín Pedraza

Espero que esta historia les conmueva y que hablen de ella y la compartan. ¡Qué nadie se calle, qué nadie se acobarde nunca más!

Yo pensaba que la Iglesia era la casa del Señor, la casa de Dios y por lo tanto que en ella todos los cristianos podíamos expresarnos, ser escuchados y encontrar apoyo. Cuánta ha sido mi ignorancia y decepción… En Bohonal de Ibor, un precioso pueblo extremeño, la Iglesia es la casa de un caudillo. Es la casa de un párroco que impone sus reglas, sin escuchar ni respetar los deseos de sus feligreses.

Me llamo María Isabel Martín Pedraza, soy hija de don Cleofe Martín Martín, fallecido desgraciadamente el 14 de junio de 2019 en Francia y enterrado el 20 de junio en su pueblo tan querido. A pesar del dolor tremendo que sentía en tales momentos, deseaba rendir un último homenaje a mi amado padre. Quería recordar la maravillosa persona que había sido y decir lo mucho que le quería. Por esta razón escribí un bonito texto. Mi sobrino Guillermo, que por desgracia estaba a miles de kilómetros estudiando en Australia y no podía estar presente en el entierro, también deseaba dedicarle unas últimas palabras a su abuelo, el hombre que le había permitido ser la persona extraordinaria que es hoy. Unos días antes del entierro, mi prima Julia, que vive cerca de la Iglesia del pueblo y que conoce al párroco, fue a informar a este señor de los deseos de la familia para que pudiera organizar con tiempo la ceremonia de entierro e indicarnos el momento que él considerase adecuado para leer nuestros textos. Cuál fue su sorpresa al oír que se negaba porque según él, no era su forma de trabajar. Mi prima no sabía cómo darme esta terrible noticia y esperó a que llegara de Francia, para decírmelo, el día antes del entierro. Yo no podía creerlo y no quería aceptarlo. Varias personas, muy cercanas al párroco, intentaron convencerle de que aceptara que se leyeran unas bonitas palabras durante la ceremonia, pero no pudieron conseguirlo. Quince minutos antes del entierro dejé a mi padre en el tanatorio y corrí a ver al señor cura para explicarle y rogarle que me dejara despedirme de mi padre. Lo primero que me dijo en la sacristía, fue que ya había tenido días para haberlo hecho, que él no había permitido nunca a nadie decir unas palabras en SU iglesia y que no lo iba a hacer conmigo. Yo estaba desesperada y sentía una tristeza infinita pero en ningún momento me alteré. Siempre le hablé con respeto y desde el corazón. Él siempre se mostró frío e impasible. Me reprochaba que le molestaba, que le iba a poner nervioso antes de la ceremonia. En ningún momento interrumpió lo que hacía. Hablaba y preparaba sus objetos sagrados mecánicamente como quien hace las cosas por costumbre y sin pasión. Deseaba tanto convencerle, pero él no escuchaba. Él decía que mi padre sólo necesitaba oír las palabras del Señor en la iglesia, que podía leer mi carta en el cementerio. Pero yo temía que allí las fuerzas me abandonasen. Le pregunté si conocía a mi padre y me dijo que no. Yo le dije que a mi padre le hubiera gustado también escuchar a las personas que le querían y le conocían. Él contestó que eso era lo que yo me imaginaba. Llegó a decirme que si no estaba conforme podía celebrar yo misma la misa. Me quería morir, estaba ante un hombre sin corazón que en ningún momento fue sensible ante el dolor de una hija que acababa de perder a su padre por un error médico en un hospital francés. Ni siquiera ante esta tragedia se conmovió. Terminé la conversación avisándole de que no se quedaría el asunto así. Salí a la calle a recibir a mi padre porque el coche llegaba. Fuera, delante de la puerta de la Iglesia, ante la casa de Dios, cuando sacaban el ataúd del coche y el párroco empezó a rezar, sentí una fuerza tremenda. Yo estaba frente al señor cura y empecé a leer mi carta. Quiso interrumpirme pero allí, el cacique de Bohonal de Ibor no podía hacerme callar. Mi cuñado, Alberto, se interpuso y pidió al señor cura que se tapara los oídos si lo que decía no era de su agrado. No fueron tan terribles mis palabras porque no hizo tal cosa. En la iglesia, el párroco pudo hacer su trabajo. Fue una ceremonia a su imagen, fría, sin pasión y vacía de sentimientos. Desgraciadamente la carta de mi sobrino se tuvo que leer en el cementerio. Le doy las gracias a mi primo José Pablo, por haber sido capaz de hacerlo a pesar del dolor que sentía.

Con todo esto llego a la conclusión siguiente: para poder encontrar la paz, el consuelo tras la muerte de un ser querido, no necesitamos patores sordos y obtusos, ni lugares sagrados. No nos podemos sorprender que hoy en día las iglesias se quedan vacías y que la gente va perdiendo la fe, cuando dejamos que seres como el párroco de Bohonal de Ibor, actúen tal como déspotas de tiempos pasados que nadie debe olvidar. Sería conveniente que este señor leyera el discurso del Papa Francisco, del 24 de Enero de 2019, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá . He aquí un fragmento: «[…] Es importante, hermanos, que no tengamos miedo de tocar y de acercarnos a las heridas de nuestra gente, que también son nuestras heridas, y esto hacerlo al estilo del Señor. El pastor no puede estar lejos del sufrimiento de su pueblo; es más, podríamos decir que el corazón del pastor se mide por su capacidad de dejarse conmover frente a tantas vidas dolidas y amenazadas. Hacerlo al estilo del Señor significa dejar que ese sufrimiento golpee y marque nuestras prioridades y nuestros gustos, golpee y marque el uso del tiempo y del dinero e incluso la forma de rezar, para poder ungirlo todo y a todos con el consuelo de la amistad de Jesucristo en una comunidad de fe que contenga y abra un horizonte siempre nuevo que dé sentido y esperanza a la vida (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49). La kénosis de Cristo implica abandonar la virtualidad de la existencia y de los discursos para escuchar el ruido y la cantinela de gente real que nos desafía a crear lazos. Y permítanme decirlo: las redes sirven para crear vínculos pero no raíces, son incapaces de darnos pertenencia, de hacernos sentir parte de un mismo pueblo. Sin este sentir, todas nuestras palabras, reuniones, encuentros, escritos serán signo de una fe que no ha sabido acompañar la kénosis del Señor, una fe que se quedó a mitad de camino. Recuerdo un pensador latinoamericano: Así se termina siendo un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia y una Iglesia sin pueblo.[…]»