Cierto que vivimos tiempos de prisas e inmediateces varias. Cierto que los españoles estamos en puestos destacados de las listas de países que leen poco y cierto también que no salimos bien parados en los estudios sobre comprensión lectora, pero estas cuestiones que deberían servirnos como motores para ir mejorando y que reviertan en la obtención de mejores resultados, no solo no lo hacen a medida que el lector tiene muchísimos más medios a su alcance, si no que se agravan logrando a veces situaciones kafkianas, que envidiaría el mismísimo Perogrullo y que Valle-Inclán hubiese querido para sus esperpentos.

Por si andábamos poco “despistados” y escasos en el manejo de las “modernas tecnologías”, envueltos en la barahúnda de crisis-estafas, estafas-crisis, #yasemoseuropeos, #comodiosmanda, #turistasamogollon y #tevoyasalvarporquemesaledeloscojones… amén de otras moderneces del tipo @mientequealgoqueda y @maserestuporsiacaso… Como decía, por si andábamos poco despistados… (o quizá simplemente por eso) nos endiñaron un ataque a las bajas pasiones, así sin previo aviso ni nada, que acabó de coronarnos como los “joputas” en que nos vamos convirtiendo, a medida que nos creemos que dejamos atrás lo de idiotas o lo de acérrimos. Y todo esto en la bendita España donde “de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”…

Y es que todo lo anterior acaba pasando factura. Y así con el toque en los bajos instintos hemos empezado a actuar conforme a filias y fobias prestadas, en lugar de con el razonamiento. Hemos empezado a ver enemigos en todas partes, en lugar de a respetar la diversidad y la convivencia. Y nos creemos en poder de la verdad absoluta a base de ser trepas todo el día, justificando siempre nuestras acciones a costa de embarrar lo que hacen los demás.

Hay algunos lectores inanes que son incapaces de ir más allá de un titular o de analizar el qué, el quién, el cuándo, o el dónde de la ingente cantidad de información que les llega y se dejan arrastrar a los desasosiegos que produce la ingesta diaria de patrañas incapaces de detectar si lo que tienen ante sus narices es irónico, humorístico, sarcástico… o simple y llanamente, mentira. Hay casos irrecuperables a los que además les importa una higa formar parte de tan selecto club.

Tan encorsetados estamos, que hay hasta quienes leen y pretenden que lo escrito diga lo que ellos piensan, solamente lo que ellos necesitan oír. Su verdad, por encima de todo y de todos. El colmo del lector inane lo tenemos cuando ese lector, torpe a todas luces entre la avalancha de lecturas, además se pretende medio de comunicación y garabatea su inquina desde la torpeza de su vital resentimiento.

Quizá nos iría mejor a todos si pusiésemos los medios para intentar pulir nuestras aristas y en lugar de elegir tan a menudo lo de poner palos en las ruedas de los demás y vivir avinagrados, eligiésemos afiliarnos, siempre en compañía, al soniquete del “caminante, no hay camino, se hace camino al andar…”